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Autores vs. ilustradores: la eterna batalla

Imagen de rawpixel en Pixabay


Partamos de una base para no liarnos desde el principio: el título está puesto un poco a mala leche.

La intención era que los ilustradores y las ilustradoras entraran a puñados para reivindicar su papel y recordarnos que ellos también son autores.

Pues bien, sí. Tenéis toda la razón.

En realidad, habéis caído en una pequeña trampa. O quizá no, que seguro que muchos ya nos conocéis. Porque lo que queremos es precisamente eso: dejar alto y claro —o negro sobre blanco, utilizando una de esas coletillas literarias que Gonzalo Moure me ha dicho que no hay que usar— que los ilustradores son autores. Tan autores como el que más.

Así que, por favor, que nadie busque en este texto una pelea entre escritores e ilustradores. Si estabais preparando las barricadas, podéis guardarlas. Aquí todos somos autores y el título quiere jugar precisamente con ese absurdo: enfrentar a unos autores con otros como si una manera de contar tuviera más valor que otra.

Una vez dicho esto, empiezo antes de liarme más, que soy de liarme bastante.

Tampoco es que haya que darle muchas vueltas: los ilustradores son autores. Punto.

Su trabajo forma parte de la creación de una historia del mismo modo que el de quien escribe, narra oralmente, compone una canción o utiliza cualquier otro lenguaje para levantar un mundo que antes no existía.

Una ilustración no es un adorno que se añade al final para que el libro quede más bonito. Puede serlo, claro, pero también puede contar aquello que el texto ha decidido callar, enseñarnos lo que sucede fuera de la escena, descubrirnos una emoción escondida o conseguir que miremos al protagonista de una manera completamente diferente.

Incluso puede contradecir las palabras que estamos leyendo y convertir lo que tenemos entre manos en un debate. Y puede estar presente sin texto alguno y decir tanto como centenares de palabras escritas.

El texto puede decir que un personaje no tiene miedo mientras la imagen nos muestra sus piernas temblando. Puede asegurarnos que una habitación está perfectamente ordenada mientras, detrás de una puerta entreabierta, descubrimos una montaña de ropa, juguetes y objetos de procedencia sospechosa. La ilustración crea, completa, juega, vive, transforma… la ilustración hace que puedas leer una escena sin leerla y hasta puede confundirte.

También eso es contar.

Y quien lo cuenta es el ilustrador. A veces en comunión con un escritor, pero otras, por sí mismo.

Muchas veces, el ilustrador se suma a una historia que ya ha sido escrita. Pero no se limita a trasladar las palabras a imágenes. La interpreta, la hace crecer, juega con ella y, si el encuentro funciona de verdad, la lleva a lugares que quizá ni siquiera había imaginado quien escribió el texto.

Decide cómo son los personajes, aunque el texto apenas los describa. Decide desde dónde contemplamos cada escena, qué aparece en primer plano, qué queda escondido al fondo, qué colores tiene ese mundo y en qué momento necesitamos detenernos un poco más.

Puede llenar el libro de pequeños detalles, inventar historias paralelas, dejar pistas, esconder bromas o añadir una vida que antes no estaba allí.

En ese momento no tenemos una historia y unos dibujos. Tenemos dos autores construyendo juntos una obra completa y repleta.

A veces trabajan directamente el uno con el otro. Otras veces ni siquiera llegan a conocerse durante el proceso. Pero, cuando texto e imagen se entienden, comienza una especie de conversación en la que cada lenguaje aporta algo diferente.

Y ahí están los grandes libros: en ese lugar en el que resulta imposible retirar las palabras o las ilustraciones sin que todo lo demás se tambalee.

En la literatura infantil y juvenil tenemos muchos ejemplos de esos encuentros. Podríamos dar nombres, claro, pero correríamos el riesgo de olvidarnos de demasiados. Preferimos que seas tú quien los coloque mientras lees. Seguro que ya estás pensando en alguna pareja de autores capaz de crear auténtica magia cuando trabaja en común.

También están los ilustradores que crean por completo sus propias historias. Autores que construyen un universo en el que texto e imagen nacen de una misma mirada y en el que resulta muy difícil separar una cosa de la otra.

Y están los libros en los que apenas hay palabras.

O en los que no hay ninguna.

Que no haya texto no significa que no haya lectura. En un álbum sin palabras leemos los gestos, las miradas, los colores, los espacios, las repeticiones y todo lo que sucede entre una página y la siguiente.

Observamos, relacionamos, imaginamos y construimos una parte de la historia. En realidad, estos libros suelen exigirnos mucha más atención que algunos textos escritos. No podemos limitarnos a pasar los ojos por las frases: tenemos que mirar de verdad.

También ahí existe una voz narradora.

Solo que esa voz escribe con imágenes. ¿Y no te parece maravilloso que podamos leer las imágenes y narrar una buena historia con ellas?

Y tampoco vamos a irnos ahora al extremo contrario, porque aquí no hemos venido a repartir medallas (ni a quitarlas, ojo).

Reconocer que los ilustradores son autores no significa afirmar que todas las ilustraciones tienen la misma calidad, la misma fuerza o la misma capacidad narrativa. Hay ilustraciones que nos sorprenden y otras que apenas nos dicen nada. Algunas abren caminos nuevos y otras se limitan a repetir exactamente aquello que ya cuenta el texto.

Igual que sucede con la escritura.

Hay textos capaces de acompañarnos durante años y otros que olvidamos antes de cerrar el libro. Hay historias originales, previsibles, emocionantes, planas, arriesgadas o perfectamente prescindibles. Y todas tienen un autor.

La autoría no depende de que una obra nos guste ni de que nos parezca buena. Otra cosa es valorar lo que esa obra consigue.

Hay imágenes técnicamente espectaculares que no aportan demasiado a la narración y otras muy sencillas que abren una puerta enorme dentro del libro. También hay ilustraciones que reproducen literalmente una escena y, aun así, encuentran una manera personal y emocionante de hacerlo.

No existen fórmulas automáticas.

Quizá la pregunta más interesante no sea si el ilustrador es autor, porque esa debería estar resuelta hace tiempo. La pregunta podría ser otra: ¿Qué nos está contando la imagen que todavía no nos habían contado las palabras?

Cuando empezamos a mirar así los libros, descubrimos muchas cosas. Nos fijamos en personajes que aparecen al fondo, en objetos que se repiten, en pequeños cambios de color, en miradas aparentemente insignificantes o en historias paralelas que avanzan sin pronunciar una sola palabra.

Y comprendemos que leer un álbum ilustrado también consiste en aprender a mirar.

En Menudo Castillo sentimos un enorme respeto por los ilustradores y las ilustradoras. Nos encantan, disfrutamos conversando con ellos y estamos convencidos de que su trabajo merece ser reconocido como lo que es: una parte esencial de la creación literaria.

No llegan al final para añadir unos cuantos dibujitos.

Hacen muchísimo más: narran, interpretan, deciden, esconden, muestran, contradicen, crean personajes y construyen mundos.

Son autores.

Sin necesidad de compararlos con nadie, sin establecer categorías y sin organizar ninguna batalla.

Aunque, pensándolo bien, si hubiéramos titulado este artículo Autores vs. autores, seguramente nadie habría entrado enfadado a leerlo. Y creemos que en ese juego del título hay mucho más de lo que parece, porque ¿qué ilustrador o ilustradora no ha reivindicado alguna vez que también es autora o autor?

Ahora os toca a vosotros: ¿qué ilustrador o ilustradora os ha enseñado a mirar los libros de otra manera? ¿Recordáis alguna historia en la que las imágenes os contaran algo que no aparecía en las palabras?

Como siempre, esperamos vuestras aportaciones y comentarios.


Este artículo recupera y revisa una antigua reflexión de Menudo Castillo. Hay ideas sobre las que merece la pena volver a conversar.

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